
Un edificio. Dos apartamentos. Unos vecinos que se encuentran en el ascensor. Tras la rutina diaria, al llegar a casa sólo queda disfrutar los frutos de la pasión que esconde la noche.
Sonó el tañido agudo de una campanilla. Las puertas del ascensor se abrieron automáticamente con un ligero chirrido metálico. Se metió en el diminuto compartimento y pulsó un botón del panel. Espere, por favor. La voz resonaba a través del vestíbulo. Con un gesto veloz, alargó la mano para evitar que se cerrasen las puertas. Alguien entró fugaz y se colocó a su lado. Gracias. No se merecen.
Mientras subían se dijeron algunas palabras corteses. Bajaron en el mismo rellano. Enfilaron juntos la misma dirección por el largo pasillo. Unos pocos metros después se detuvieron delante de dos puertas contiguas. Adiós. Hasta luego. Cada uno se introdujo en su respectivo apartamento, cerrando al unísono.
Dejó el maletín en el suelo. Se desembarazó de la chaqueta y la colgó en el respaldo de la única silla del comedor. Se quitó los zapatos y se arremangó. Cruzó la barra que separaba el espacio destinado a sala de estar de la cocina americana. Se acercó a la pica y se lavó el rostro con profusión. Cerró el grifo. Con las manos apoyadas contra el mármol, escuchó el silencio.
Se cambió de ropa por comodidad y después preparó algo de comer. Sus maneras evidenciaban que se trataba de un ritual rutinario. Sacaba los utensilios de los armarios y cajones sin titubear. Preparaba los ingredientes sin ensuciar a penas la encimera. Trabajaba con maña. Con toda su atención puesta en lo que hacía. Cuando tubo lista la cena, llevó los platos hasta la mesita del comedor y se sentó en el pequeño sofá. Comió mientras leía. No se oía nada excepto el rumor del telediario vespertino que provenía del piso de al lado. Terminó con el postre. A pesar de su aspecto cansado, se dispuso a fregar los platos. Sólo tardó unos minutos en acabar la tarea.
Una vez se hubo asegurado de que todo estaba limpio y ordenado, volvió al sofá para tratar de continuar leyendo. El ruido apagado del televisor extraño aún se filtraba a través de las paredes. Comenzó a repiquetear con los dedos sobre el muslo. Primero sólo con uno. Luego con todos, formando olas. Tenía una pierna cruzada sobre la otra y balanceaba nerviosamente el pie que quedaba en el aire. Se empeñaba en contemplar el libro, aunque su distracción era patente. Cada cierto tiempo levantaba la vista del texto para mirar de reojo el reloj. Después suspiraba y trataba de volcarse de nuevo a la lectura. Desde hacía un buen rato no había conseguido cambiar de página.
Pasaron algunos minutos. Durante los cuales su nerviosismo fue aumentando visiblemente. De improvisto se dio cuenta de que no se oía nada. Escuchó atentamente. En efecto, el silencio era absoluto. Cerró el libro de golpe y se levantó. Fue hasta el cuarto de baño. Se aseó con premura. Escuchaba el zumbido siseante de un cepillo de dientes eléctrico ajeno. Al acabar se dirigió hacia el dormitorio. Allí se fue quitando prendas de ropa. Ordenada pero afanosamente, hasta desnudarse por completo. Deshizo la cama, apartando el cobertor. Se metió en ella. Sin más dilación cerró la luz.
A pesar de la total oscuridad, permanecía con los ojos abiertos. Respiraba con lentitud. Hinchando los pulmones con largas inspiraciones. Sin producir ruido alguno. Se encontraba absolutamente inmóvil. Las manos pegadas contra las piernas. En un estado expectante y tenso. Un leve rumor perturbó la densa calma. Sus dedos se contrajeron involuntariamente sobre los muslos. Aguzó el oído. Podía percibir el crujido de los muelles de un colchón lejano. Contuvo la respiración. La pausa le permitió asegurarse de que no era simplemente producto de su imaginación. Entonces, por un segundo, advirtió otro ruido diferente. Permaneció a la espera. De nuevo lo oyó. Sólo que esta vez era más inteligible. Un suspiro de placer amortiguado por los ladrillos y el yeso.
El murmullo se repetía a intervalos intermitentes. Sus manos se relajaron un poco. Ahora se escuchaba con más claridad el rechinar de una cama. Sus dedos avanzaron hacia el interior de sus muslos, en una firme tentativa para alcanzar la entrepierna. Al otro lado de la pared una sola voz gemía sutilmente. Sus yemas alcanzaron la carne bajo el pubis. Los latidos de su corazón retumbaban en su cabeza. Llegó a su ardiente meta. El ritmo del susurro se hizo más rápido. Su sexo húmedo palpitaba excitado. Comenzó a jugar con él, entretejiéndolo entre sus falanges. Apretándolo con firmeza contra su palma. Amasándolo.
La sensual letanía se hizo más clara. La colcha se agitaba frenéticamente. Las sabanas se contorneaban a su alrededor. Su cuerpo se retorcía al ritmo de los jadeos. Su respiración se aceleraba. Su rostro estaba compungido por la ansiedad. Sus labios fuertemente apretados, reprimiendo cualquier sonido que pudiera perturbar la melodía. Una de sus manos entregada a acariciar todo su cuerpo. La otra consagrada a darse placer con vehemencia. Todo su ser se volcaba en la busqueda de su propio goce.
El aire salía de sus fosas nasales en un silbido cada vez más profundo. El cántico hedonista era cada vez más rápido. También sus movimientos febriles. Una fina capa de sudor le cubría la piel. Sin embargo no se detenía. No podía parar. De repente, el murmullo afrodisíaco que llegaba a través del tabique empezó a entrecortarse entre estertores. Sus nalgas se empezaron a convulsionar con intensidad creciente. Sus piernas se pusieron rígidas. Un nítido y prolongado gemido de gozo quebró la calma nocturna.
Todos sus músculos se agarrotaron con violencia. Subió repentinamente una mano hasta su mandíbula y la mordió. Un descomunal orgasmo explotó en su bajo vientre y se extendió por sus extremidades. De algún lugar en las proximidades de su ombligo emanó un cálido líquido que se deslizaba entre sus dedos. Consiguió enmudecer sus gritos entre espasmos. Los dientes se clavaban con fuerza en su dorso. Varias replicas menores azotaron sus nervios. Se afanó por recobrar el aliento con la boca todavía tapada. La sensación fue menguando, dando paso a un sosiego absoluto. El silencio volvió a reinar en el cuarto. Se hizo un ovillo y se durmió.
Al día siguiente salió de casa puntual. Recorrió el pasillo y llamó al ascensor. Entró y apretó el botón de la planta baja. Por favor, espere. Impidió que se cerraran las puertas con una mano. Vio entrar en el cubículo la misma figura que la víspera anterior. Gracias. No hay de que. Mientras bajaban intercambiaron algunas frases amables. Salieron al vestíbulo. Se despidieron en el umbral de la entrada. Otro jornada comenzaba. Sin embargo, ya anhelaba la noche por llegar.
Arnau P. G.
Barcelona, 16 de Febrero de 2010

1. La foto és perfecte pel relat, 100%
2. He llegit el relat amb la mateixa intriga que em miro els capitols de house, és a dir, tenies totalment la meva atenció
3. M’ha encantat :)
continuo llegint!
M’encanta que t’hagi agradat! Prometo que el pròxim trigarà menys en arribar. De fet, ja he escrit i revisat la meitat del text!
Ánimo!!!
Me ha encantado la escena comunitaria. Muy buena puesta en situación, cualquiera que lo lea se pone en situación. Sigue así y poco a poco podrás sacar esas ideas que tienes dentro.
Un abrazo,
Joan
Gracias! Siempre intento potenciar el hecho de que el lector se sienta identificado. Un saludo!